
Qué puede decirse de un hombre que con 82 años a sus livianas espaldas confiesa sin atisbo alguno de sufrimiento o de falsa modestia que no busca la felicidad, "a lo más, trabajo por la de los demás. En realidad, no sé lo que es mi felicidad, creo que es un disparate, me parece excesivamente egoísta" ?
Vicente Ferrer es, además de una institución viviente, un hombre locuaz que trasmite serenidad y que vehicula sus fuertes convicciones éticas ("la responsabilidad recae en la sociedad, pero lo que hago es un motivo más que suficiente para dedicarle toda una vida") con una sabiduría anclada en lo práctico que le lleva a ponerse como meta que "el 90% de los españoles donen dinero para el desarrollo de los países más pobres del mundo".
No ha envejecido, porque no ha dejado de enamorarse: de la vida, de la gente, de sus proyectos solidarios. Pero Vicente Ferrer dista mucho de ser un romántico. Para él, la acción consiste en poner en práctica las ideas, y el idealismo no es otra cosa que actuar.
"Trabajar en la India peculiariza, pero todas las ONG de desarrollo nos esforzamos en lo mismo y creemos que con muy poca cosa se puede hacer feliz a otra persona"
Flanqueado por Ana -esposa y compañera de singladura solidaria- y por el equipo directivo de la Fundación Vicente Ferrer, a este afable profeta de la acción en favor de los más necesitados se le ve cómodo, acostumbrado al papel de hablar, aunque resulte evidente que prefiere escuchar a los demás y trabajar por ellos. Se expresa con una lenta y dulce cadencia, y en un desarmante ejercicio de modestia y de respeto al interlocutor no regatea esfuerzo ni tiempo para hilvanar y ordenar sus ideas. En cada momento, se percibe que tanto la manera de pensar como de comunicarse de Vicente Ferrer están muy imbuidas de la espiritualidad oriental y del desapego a lo material.
Ferrer no se siente personaje histórico pero ello no obsta para que aspire a que su obra, su ingente proyecto, sobreviva al paso del tiempo. Es maestro, pero no se reclama líder ni profeta. Reconoce sin ambages que el objetivo que le mueve a viajar una vez al año desde la India a España es conseguir fondos y asegura que "debemos sacar el máximo provecho del dinero para llevar adelante nuestros proyectos educativos, sanitarios y laborales". En la región sureña de Anantapur, en el Estado de Andhra Pradesh, más de dos millones de personas han vinculado su economía y su sistema de vida a los logros de la Fundación Vicente Ferrer. Este sistema dentro del sistema ha adquirido ahora signos de normalidad, pero no siempre fue así.
"Padre Ferrer, tómese unas cortas vacaciones y luego regrese a la India". Estas diplomáticas palabras enviadas por telegrama en la primavera de 1968 llevaban la firma de la presidenta Indira Gandhi. Las castas más poderosas e influyentes de la India, temerosas de las mejoras sociales que los programas de actuación de los equipos de Vicente Ferrer estaban consiguiendo para la población, acusaron a este trabajador infatigable de querer convertir al cristianismo a los campesinos cuando este objetivo nunca inspiró a nuestro personaje. Pero fueron precisamente los campesinos, los pobres entre los pobres, quienes se manifestaron para exigir que volviera el hombre flemático que impulsaba la construcción de pozos, clínicas rurales y escuelas. Han pasado desde entonces más de 30 años y el esfuerzo de Fundación Vicente Ferrer se plasma en 1.500 aldeas dotadas de infraestructuras, donde el agua es potable, donde hay camas en los hospitales, donde hay libros y niños que aprenden a leer y donde las cooperativas agrícolas generan actividad económica y riqueza.
Discapacitados, mujeres e intocables siguen siendo pobres, pero comienzan a creer que se puede vivir sin someterse sumisamente a la tiranía de la pobreza.
Hablar con Vicente Ferrer es escuchar reflexiones y propuestas tan alejadas de los maximalismos como impregnadas de realidad y compromiso. Su optimismo se basa en la fe en las personas, mientras que su crítica al sistema reside en lo práctico, en la búsqueda del cambio.
Vicente Ferrer es, además de una institución viviente, un hombre locuaz que trasmite serenidad y que vehicula sus fuertes convicciones éticas ("la responsabilidad recae en la sociedad, pero lo que hago es un motivo más que suficiente para dedicarle toda una vida") con una sabiduría anclada en lo práctico que le lleva a ponerse como meta que "el 90% de los españoles donen dinero para el desarrollo de los países más pobres del mundo".
No ha envejecido, porque no ha dejado de enamorarse: de la vida, de la gente, de sus proyectos solidarios. Pero Vicente Ferrer dista mucho de ser un romántico. Para él, la acción consiste en poner en práctica las ideas, y el idealismo no es otra cosa que actuar.
"Trabajar en la India peculiariza, pero todas las ONG de desarrollo nos esforzamos en lo mismo y creemos que con muy poca cosa se puede hacer feliz a otra persona"
Flanqueado por Ana -esposa y compañera de singladura solidaria- y por el equipo directivo de la Fundación Vicente Ferrer, a este afable profeta de la acción en favor de los más necesitados se le ve cómodo, acostumbrado al papel de hablar, aunque resulte evidente que prefiere escuchar a los demás y trabajar por ellos. Se expresa con una lenta y dulce cadencia, y en un desarmante ejercicio de modestia y de respeto al interlocutor no regatea esfuerzo ni tiempo para hilvanar y ordenar sus ideas. En cada momento, se percibe que tanto la manera de pensar como de comunicarse de Vicente Ferrer están muy imbuidas de la espiritualidad oriental y del desapego a lo material.
Ferrer no se siente personaje histórico pero ello no obsta para que aspire a que su obra, su ingente proyecto, sobreviva al paso del tiempo. Es maestro, pero no se reclama líder ni profeta. Reconoce sin ambages que el objetivo que le mueve a viajar una vez al año desde la India a España es conseguir fondos y asegura que "debemos sacar el máximo provecho del dinero para llevar adelante nuestros proyectos educativos, sanitarios y laborales". En la región sureña de Anantapur, en el Estado de Andhra Pradesh, más de dos millones de personas han vinculado su economía y su sistema de vida a los logros de la Fundación Vicente Ferrer. Este sistema dentro del sistema ha adquirido ahora signos de normalidad, pero no siempre fue así.
"Padre Ferrer, tómese unas cortas vacaciones y luego regrese a la India". Estas diplomáticas palabras enviadas por telegrama en la primavera de 1968 llevaban la firma de la presidenta Indira Gandhi. Las castas más poderosas e influyentes de la India, temerosas de las mejoras sociales que los programas de actuación de los equipos de Vicente Ferrer estaban consiguiendo para la población, acusaron a este trabajador infatigable de querer convertir al cristianismo a los campesinos cuando este objetivo nunca inspiró a nuestro personaje. Pero fueron precisamente los campesinos, los pobres entre los pobres, quienes se manifestaron para exigir que volviera el hombre flemático que impulsaba la construcción de pozos, clínicas rurales y escuelas. Han pasado desde entonces más de 30 años y el esfuerzo de Fundación Vicente Ferrer se plasma en 1.500 aldeas dotadas de infraestructuras, donde el agua es potable, donde hay camas en los hospitales, donde hay libros y niños que aprenden a leer y donde las cooperativas agrícolas generan actividad económica y riqueza.
Discapacitados, mujeres e intocables siguen siendo pobres, pero comienzan a creer que se puede vivir sin someterse sumisamente a la tiranía de la pobreza.
Hablar con Vicente Ferrer es escuchar reflexiones y propuestas tan alejadas de los maximalismos como impregnadas de realidad y compromiso. Su optimismo se basa en la fe en las personas, mientras que su crítica al sistema reside en lo práctico, en la búsqueda del cambio.